jueves, 13 de marzo de 2025

BÉCQUER Y EL CARNAVAL

 


Y siguiendo con esas visiones literarias de algunos de nuestros grandes autores sobre el tema del carnaval, no puede faltarnos el pequeño, pero sustancioso relato que de estos temas nos dejó publicado Gustavo Adolfo Bécquer en febrero de 1866.

Este artículo, entre crónica, ensayo y opinión personal, recorre varios asuntos en un pequeño número de hojas. Comienza con unos comentarios sobre el poco interés que Gustavo Adolfo da a estar situado en el calendario… Como buen romántico nos dice que permanece tiempos ensimismado en sus pensamientos y embelesos y no presta mucha atención al día en que vive. Solo algunas fechas, relacionadas con cambios de estación y alteración de sus emociones, como son Todos los Santos, que lo envuelven de nostalgia y melancolía en el otoño y las fiestas de Carnaval por lo de grotesco y renovador del invierno que se convierte en primavera y color de la vida.

Después ironiza sobre un antiguo significado del carnaval que ahora no tiene sentido ni causa, ya que hay mucha libertad para saltar esas pautas sociales, aunque la sociedad y la educación las exijan… Y pasa a clasificar el carnaval en grandes grupos de manifestación… en las clases altas, con sus bailes y protocolos de una fiesta que debería romperlos… en los teatros y bailes populares donde se hace un poco más de lo que se hace todos los días… en las calles y plazas ciudadanas y pobres que quieren romper con la costumbre reutilizando mas trapos y desechos…

No parece satisfecho con el Carnaval nuestro amigo Gustavo, como tampoco vimos entusiasmado a Larra.

Os invito, como siempre, a leer el texto del poeta sevillano y os dejo con una cita para recordar sus palabras que nos describen sus salones y momentos de galantería.

“Entonces la valla se rompe en mil pedazos. Se dispone un baile de trajes en casa de la Duquesa de C*** ó de la Condesa de H*** una legión de modistas, peluqueros y doncellas de labor se pone sobre las armas, las cajas de marfil ó de ópalo del elegante tocador dejan ver los tesoros de perlas y piedras preciosas que contienen; por los muelles divanes caen descuidadamente tendidos los anchos pliegues de las más vistosas telas; el raso, el terciopelo, el brocado de metales, la leve gasa azul salpicada de puntos de oro y semejante al estrellado cielo de una noche de Estío. Hay libertad completa de elegir la falda: puede ser larga ó corta, según lo permita la misma: el escote alto ó bajo en razón á la esteología de los hombros: el pelo empolvado ó al natural, con arreglo al color de la tez. El oro, los diamantes, el tisú, las plumas y las perlas en montón, que otro día pudieran parecer ridícula exhibición de riquezas, parecen entonces como artículos necesarios. El Carnaval ha abierto las compuertas de la vanidad, y el lujo y el capricho pueden por un momento derramarse en oleadas de luz y de oro, de diamantes y de seda, de gasa y de flores por el aristocrático salón del baile.”

Y estando ya por mediados de marzo, a la puerta abierta de la primavera, será momento de dejar para otro riguroso y oscuro invierno, los muchos retajos y crónicas que del carnaval nos han hecho los viajeros y los tiempos. 


 

Escrito por: Javier Morera

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