Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de marzo de 2026

UN VÍCTOR HUGO MUY JOVEN Y ROMÁNTICO

 


Todos conocemos a ese gran escritor, poeta, dramaturgo y hasta político, admirado por sus lectores y querido por su pueblo que fue el gran Víctor Hugo (1802-1885). Todos hemos leído Los Miserables, o incluso El 93… pero es más difícil que hayamos dedicado nuestra atención a libros de este autor que por ser de juventud, suelen tener menor difusión y muy poca permanencia en bibliotecas o ediciones… Tal es el caso de una novela publicada por este escritor cuando solo contaba con 24 años (1826) y que tiene el difícil titulo de: Bug-Jargal.

Con este nombre de un rey o jefe tribal de pueblos del Congo, nos lleva Hugo a las sangrientas y crueles revoluciones y revueltas que los esclavos extraídos de África y llevados a tierras americanas, de Santo Domingo, Jamaica… mantienen contra sus opresores, sean franceses, españoles…

Nos encontramos con un literato joven, impulsivo, romántico, simpatizante con los esclavos y sus mil padecimientos… pero también descriptor de esas ignorancias y analfabetismos donde la gran población se encontraba atascada y sufriente de los mil prejuicios, supersticiones, fanatismos y miedos, que aun les hacían más pobres y desgraciados de lo que ya eran, en esas épocas donde la “civilización” vivía gracias a la explotación de otras culturas y etnias menos afortunadas.

Hay amor en esta obra, como no, aunque relegado a esos ímpetus de honor y revolución… hay guerra y muerte… hay valentía y vileza… hay heroísmo y caballerosidad, al menos entre los héroes y sus pueblos y amadas… Hay también descripciones de esa naturaleza que tanto impresiona a los románticos… y grandes arrebatos de esas fuerzas que nos superan… la naturaleza o sus grandes destrucciones… en el capitulo XXI, al final… un bosque es incendiado… y con Hugo, cuando lo vas leyendo, parece que ya notas el calor, los susurros de las llamas, el olor, la angustia… ¡Precioso!

“A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aún antes de verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo: todo arde a la vez y se consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.”

 


Escrito por: Javier Morera

martes, 6 de octubre de 2015

“Prefiero estar en contradicción con la Historia antes que con mi conciencia”

La guerra del general Escobar


Dijo Albert Camus: “Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y, aún así, sufrir la derrota; que la fuerza puede vencer al espíritu, y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa”.
Es difícil expresar mejor el drama de la Guerra de España. Donde tantas personas lo arriesgaron todo por la democracia o la igualdad, se instauró un régimen autoritario y represivo de 40 años; donde tantos dieron tanto en defensa de la legalidad y en cumplimiento de su deber, luego se les juzgó por rebelión y fueron condenados; donde tantos clamaron y creyeron en la libertad, se instauró de nuevo la esclavitud; allí donde idealistas de todas las naciones lucharon por el socialismo, triunfó el fascismo; aquí, donde se planteó el gobierno del pueblo para el pueblo, se bombardeó y masacró al pueblo; donde las letras hicieron florecer una Edad de Plata de la literatura, venció el grito “¡muera la inteligencia!”; y aquí, donde tantos y tantos murieron, ¿Cuál fue la recompensa de los que salvaron la vida? Europa les agradeció su magna lucha lavándose las manos; el nuevo gobierno español, sentenciándolos, y la Historia, olvidándoles.
Este jueves hablaremos de Antonio Escobar, que por cumplir con su deber y juramento, fue ejecutado por rebelde. En el libro que nos ocupa, le advierte a Escobar Don Adrés, su abogado: “-Con arreglo a nuestra concepción jurídica usted no es un prisionero, sino un rebelde”. Escobar, entre irónico y perplejo, le ataja: “-¿Por qué? ¿Por luchar contra la rebeldía soy un rebelde? Eso es una contradicción absurda.” Le responde Don Andrés: “-Mi coronel, su teoría está en contradicción con la Historia. La rebeldía queda purificada por el triunfo”. Paradojas de la vida, que seguirán existiendo mientras haya quien siga pensando que la Historia siempre va hacia delante. No para Escobar.
Y sin embargo, no fue el único. ¿Quién conoce al general Rojo?
El 8 de octubre de 1894 nació Vicente Rojo Lluch, considerado por muchos historiadores el mejor estratega de la Guerra de España. Católico practicante, intelectual y de prestigiosa carrera militar, diseñó la mayor parte de los ataques republicanos de la guerra. La heroica resistencia de Madrid, la batalla de Brunete, la conquista de Teruel y, sobretodo, la ofensiva del Ebro de 1938, pusieron de manifiesto su capacidad para organizar a las heterogéneas fuerzas de la república, así como para proyectar y desarrollar ataques capaces de romper los fuertes y bien defendidos frentes enemigos.
Rojo era un profesional, y bueno. El 18 de julio de 1936, ajeno a fidelidades políticas propias o intereses egoístas, se mantuvo fiel al gobierno de la II República. Escribió años después:

¿Qué iba a suceder? ¿Quiénes eran los complicados? ¿Qué se proponían? De los innumerables chismes, noticias que se dejan caer, hipótesis, nombres, etcétera, recogidos casualmente, ¿cuáles podían ser ciertos y cuáles falsos? (…) las culpas de cuanto sucedía no estaban sólo en las conductas de los que perturbaban el orden, sino principalmente en los que provocaban el desorden, movidos por intereses o egoísmos más o menos inconfesables o inmorales fuera del campo castrense.
(…)
En tal ambiente militar había surgido uno de los fantasmas más demoledores de la unidad y la moral castrenses: la desconfianza. (…)La magnitud del problema, aun dentro de la confusión reinante, hacía evidente que el destino de España estaba en peligro. Pero el mejor destino de la patria, el más justo, el más noble, el más digno, ¿se lograría por el camino de la rebelión o por el de la defensa de la Ley? ¿Por el imperio de la fuerza o el de la razón? ¿Por el respeto de la voluntad nacional, aunque se manifestara alocadamente a través de la acción de un pueblo en armas, o por el acatamiento de mandatos que no eran compartidos por ninguno de los jefes naturales que legalmente ejercían sobre nosotros su autoridad?
(…). La duda, terrible duda, estaba planteada en toda su crudeza, como jamás se nos había planteado; y yo la resolví bien o mal, pero radicalmente, categóricamente y hasta con cierta repugnancia, porque no me agradaban muchas cosas que veía en torno mío (y lo grave aún no había comenzado); y la resolví manteniéndome fiel a lo único que en aquellos aciagos momentos me dictaba mi estrecho concepto del honor: el cumplimiento del juramento que había prestado de defender la patria, defendiendo la Ley y las autoridades legítimamente constituidas, con estricta obediencia a mis jefes naturales. Nada podía torcer esa resolución.

Y con este talante, el general Rojo encaró la guerra. Se destacó en ella desde el principio, organizando la defensa de Madrid a las órdenes del general Miaja. Dice J. Zugazagoitia de aquellos días: "Si el General Miaja era la voz de mando, Rojo era la cabeza pensante y la voluntad organizadora". Con milicianos voluntarios adscritos a distintos partidos u organizaciones obreras, recelosas las unas de las otras -y sin recibir el legítimo y necesario apoyo internacional-, Rojo se entregó a la tarea de defender Madrid, la capital de la República. Y la Madrid que todos dieron por perdida, aquella ciudad que hasta el Gobierno abandonó a la recién constituida Junta de Defensa, resistió los bombardeos aéreos, la incesante artillería rebelde, las cargas de los moros y los ataques de la Legión. Aquellos fueron los días heroicos del Madrid de Lister, Modesto, Durruti, la Pasionaria y los internacionales. El Madrid del “¡No Pasarán!”, el Madrid que iba a convertirse en “la tumba del fascismo”. Y en efecto, desde el 7 de noviembre hasta el agotamiento de las tropas rebeldes y la estabilización de los frentes, ni Franco, ni Yagüe ni nadie, logró pasar. Se resistió en el la Casa de Campo, en el puente de los Franceses, en la ciudad Universitaria y en el Hospital Clínico, y se salvó Madrid. Rojo fue ascendido.
Luego vendrían los combates de Guadalajara, de Brunete, de Aragón… y la gran Batalla del Ebro, que convirtió al célebre río español en el escenario más observado del mundo durante cerca de 100 días de durísimos combates. Y después, el exilio.
Creyó Rojo, tras veinte años en el extranjero y afectado por una grave enfermedad, que podría volver en paz a España para morir en su patria. ¡Qué iluso! A modo de bienvenida, se le condenó a cadena perpetua por traición. “Yo que nunca me he rebelado, acusado por quienes se rebelaron". Corrían los años sesenta y al régimen, alineado ahora con las potencias occidentales, no le favorecía condenar a un hombre de de la talla de Rojo –y además, enfermo-, por no haberse sumado hacía más de veinte años a un pronunciamiento militar. Sin embargo, Franco se encargó personalmente de que, a efectos prácticos sufriera la condena. El caudillo había dicho "Negadle el pan y la sal". Y así fue.
El antaño general en jefe de Estado Mayor del Ejército Popular de la República, y el hombre que tanto había trabajado por servir al gobierno legítimo de la II República de acuerdo a su profesión y juramento, vivió los últimos días de su vida excluido de toda función pública, abandonado por la sociedad e ignorado por sus amigos. Dijo en una ocasión, "Lo único que me queda es la alegría", y esa alegría fue la que alumbró los varios libros en cuya construcción y redacción ocupó sus muchas horas de soledad en aquellos días grises. Si salía a la calle, sentía que debía resignarse y mirar hacia otro lado cuando una intima amiga de años atrás, o un conocido de la guerra con el que riera y conversara, cruzaba apresuradamente la acera al verlo. No interesaba ser visto con Rojo, era alguien no deseado, como un parásito social… En teoría era libre, pero en la práctica, cumplía la condena que le Franco le guardaba. "Negadle el pan y la sal". Comentó en aquellos días "Se me ha reducido a la muerte civil".
Cuando el 15 de junio de 1966 a las siete de la madrugada, murió el que podría haber sido considerado como el Eisenhower español, el diario El Alcazar, de excombatientes, reconoció su capacidad profesional. El 10 de septiembre de 1994, el ayuntamiento de su pueblo natal, Fuente la Higuera, en Valencia, y con motivo del centenario de su nacimiento, le dedica un busto. En los manuales de primaria se estudia la figura de Aguirre; en el Paseo de la Independencia, el Heraldo de Aragón rememora las grandiosas hazañas estratégicas del Generalísimo Franco. Y el pueblo… a Interpeñas, que son las fiestas del Pilar.


El drama de España.


Escrito por: Eloy Morera

miércoles, 15 de abril de 2015

Hemingway y el Ebro


5 de noviembre de 1938. El Ebro discurre triste. Las bombas levantan sus aguas intermitentemente y abren fugaces pozos en la corriente. Su cauce peina largas mechas de color púrpura que son la sangre de tantos valientes. Los soldados cruzan de nuevo el río.
Han aguantado bien, “como valientes ¿acaso se podía hacer más? Su misión era cruzar el río, y lo hicieron, ¡vaya si lo hicieron!, y bajo los aviones de esos mal nacidos fascistas de medio mundo, que no tienen suficiente con matar en sus países. Pero ellos cruzaron el río y resistieron en sus posiciones, “resistir es vencer”, como dice el presidente… ¡qué lejana parece ya la victoria!”

Las fuerzas del Ejército Popular de la República cruzan de nuevo el río; esta vez con el enemigo en los talones. La Batalla del Ebro se ha perdido, pero para alguno, aún no ha llegado el momento de retirarse ni se ha librado la última batalla: Hemingway es uno de ellos… “el hombre puede ser destruido, pero no derrotado” (El viejo y el mar).

Decían los versos de una querida canción de los soldados del Ejército Popular que:
“aunque me tiren el puente, y también la pasarela,
me verás cruzar el Ebro en un barquito de vela”

y aquella mañana del 5 de noviembre del 38, con el puente destruido y la pasarela bombardeada, el que luego escribiera “¿Por quien doblan las campanas?” lo cruzó en una barquita y sin vela. Si, Ernest Hemingway en persona, con su americana, su boina, y su bigote. ¿Que el qué hacía el famoso escritor americano y futuro premio Nóbel en España y entre las bombas? una pregunta interesante… también podríamos cuestionarnos la causa de su aparición en la batalla italiana de Caporetto durante la I Guerra Mundial, en el Desembarco de Normandía de 1944, o en la liberación de París en agosto de ese mismo año. Pero de eso ya hablaremos el jueves; ahora, la cuestión es que Hemingway es reportero de guerra y, lejos de dar media vuelta, va a cruzar el Ebro, pero a la margen derecha, donde está el frente. Su objetivo es ver la línea de fuego y entrevistar al general Lister –ni más ni menos-.

Un ejército entero a punto de pasar al otro lado, y Hemingway lo cruza en sentido contrario. Americano tenía que ser, y de nombre Hemingway, el mismo que, antes de hacerse al bote, al contemplar junto a sus compañeros la imagen de una casa literalmente partida por los bombardeos -en la que se apreciaba una mesa recién dispuesta para el almuerzo en una de las estancias-, había legado otra de sus características frases para la Historia: “Esto demuestra qué hay que hacer cuando hay un bombardeo: quedarse sentados en la mesa del comedor”. Ahí lo tienes, Ernest Hemingway, ¡olé!
Ahora bien, hay que decir que para esta aventura va bien acompañado. Se hallan junto a él en el bote algunos célebres reporteros extranjeros, entre ellos el húngaro Robert Capa y el británico Buckley. Y juntos, comienzan a atravesar el Ebro.
El estruendo de las bombas retumba en el interior de sus pechos, el repiqueteo de las ametralladoras les hiela la sangre, y Rober Capa, en un gesto involuntario, aferra su pequeña Leica contra el pecho –como si, de alguna manera, supiese que antes de que termine el día, va a inmortalizar con ella alguna de sus históricas instantáneas-. Nadie dice nada… la barca avanza lentamente… y entonces comienza a arrastrarlos la corriente y la proa tuerce hacia los hierros retorcidos que, a lo largo de todo el cauce, han dispuesto los fascistas para obstaculizar el avance republicano a través del río. Enseguida, el bote gana velocidad y se lanza directo hacia los espinos. En pocos momentos arañarán la barca e irán todos al agua, quedando expuestos a los alambres y las minas enemigas.
Uno se impacienta y se le desfigura el rostro; otro parece dudar. Se miran entre sí. Hemingway entrevé los puntiagudos pinchos que asoman a la superficie y, súbitamente, apenas por un instante, se ve de nuevo corriendo las calles de Pamplona, y los afilados cuernos de un novillo más próximos cada vez que vuelve el rostro. Su bigote disimula una media sonrisa, y en brillo fugaz atraviesa sus pupilas. No es la primera vez que se enfrenta a esas magníficas armas, y él no es de los que huyen, él prefiere coger al toro por los cuernos. Sus cinco compañeros quedan paralizados; él, lanzándose sobre los remos, los agarra con fuerza y los empuja violentamente con un gruñido hasta sentir la madera del bote contra su espalda. Y otra vez. Y otra más. Y otra. Sus gafas se empañan y el sudor comienza a resbalarle por la frente. Siente como se le humedece la espalda y los latidos de su corazón se sobreponen incluso al bramido de las bombas.

Al principio, su esfuerzo parece vano contra la fuerza de la corriente y el bote se precipita hacia su destino fatal, pero Hemingway, como el viejo pescador de su novela, no se rinde y mantiene el pulso contra la portentosa fuerza del río, que es la lucha contra su cansancio, contra su miedo, contra su voluntad. El río no va a detenerse; sólo de él depende la victoria. Si empuja de nuevo los remos, quizá logre salir de la corriente que los arrastra. “No podía ser el Manzanares, no; tenía que ser el Ebro”. Pero mejor así, es la fuerza del adversario la que dignifica el pulso. “Este río es poderoso, como un semental”


“Vamos Ebro, empuja con fuerza, empuja. Voy a demostrarte que tipo de hombre soy. Qué hermoso eres de pronto, Ebro”. La americana le hace sudar ya por todo el cuerpo, pero no puede detenerse, ni mucho menos soltar los remos. Siente estremecerse por el enorme esfuerzo y siente la boca seca, pero Hemingway resopla y sus recios brazos empujan sin cesar los remos. Le duelen las manos y los bíceps y hasta los riñones, pero sabe que no debe dejar de remar o, de lo contrario, la corriente los hará a todos jirones contra los espinos. “Quizá podamos salvarlos e ir aproximándonos luego a la orilla, quizá los hierros no lleguen a herir el costado de la barca y nos salvemos utilizando los remos como timón. No, piensa en otra cosa, para un hombre el dolor no importa. Hay que luchar contra la corriente, sigue remando, un empujón más, ya lo tienes, así, muy bien, vamos, solo uno más. Podría estar aquí Martha, a mi lado, ojala estuviera aquí. Le gustaría… a mí me gustaría. El riñón comienza a torturarme, va a darme un calambre y soltaré los remos. No, de eso nada, debes resistir, es tu deber, vamos, rema, hazlo por tus compañeros, hazlo por ti. Por Martha. Por la República”.

La barca parece suspendida contra la fuerza de la corriente, los grotescos hierros parecen garras que emerjan de las aguas para engancharlos; los reporteros, sin habla, no salen de su asombro y observan atónitos la admirable actitud de Hemingway, su iniciativa y su tesón, luchando solo contra la fuerza del río. Y poco a poco, se acercan a la orilla y salvan el centro de la corriente, los espinos vuelven a ser oscuras ramas desprovistas de la menor amenaza, y el cauce vuelve a tornarse suave y manso como una caricia líquida. Hemingway suelta los remos y se deja caer sobre las tablas del bote. Sus compañeros le palmean la espalda y le felicitan. Sonríe. Pero no por mucho tiempo, ahora toca caminar hacia donde suenan las bombas y dar con Lister, que, a punto de perder la batalla y ordenar la retirada, no esta, precisamente, de buen humor. Pero eso ya es otra historia… ¡hay tantas!

A Hemingway le fascinaba todo aquello, por que para él la vida era fascinante: una lucha continua. Haría frente a Lister, a las bombas, a un ejército en retirada, y a los fascistas de Franco, Hitler y Mussolini si hacia falta, pero lucharía ¿qué es la vida sino el luchar siempre y contra todo? …Claro, que siempre es más fácil dejarse llevar por la corriente y gritar “gol” cuando el Atlético marque al Madrid, ¿O le marcó el Madrid al Atlético? No lo sé; algunos, ayer, 14 de abril, estábamos luchando contra la comodidad, la resignación y la policía, por la “Tercera”.



Nos vemos mañana

miércoles, 11 de febrero de 2015

APAGMOSYNE

Una vez más, volvemos la vista a nuestro pasado, La Guerra de España; la guerra de nuestros padres, la guerra de nuestros abuelos.
Pero lo hacemos, no para inhibirnos del presente, sino para cambiarlo: porque recordar nuestra historia es recordar nuestro camino, y hoy, en el 2015, ese nuestro camino se divide en un haz de senderos y bifurcaciones ¿Qué sucede? ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos?... Muchos antes que nosotros, en una situación compleja, ya se plantearon esa cuestión, y actuaron en consecuencia; algunos, muchos, incluso murieron.
Entre ellos, los milicianos del POUM, esos gibosos obreros y campesinos del ayer, que son hoy los guerreros libertarios, y alzan la bandera revolucionaria en nombre de la emancipación. Murieron, unos por los fascistas; otros por la espalda. “¡pobres ilusos!, creían que cambiarían el mundo…”

Ciertamente, ¿Quién quería una revolución en España?, ¿Acaso creían poder cambiar el mundo? ¿Y cómo? ¿Discutiendo cada orden? ¡Dónde se ha visto cosa igual! ¡Si no estaban de acuerdo ni en sus fines! Además, seguro que eran un demagogos, populistas, megalómanos, estadistas, y seguramente, hasta partidarios del régimen de Cuba… En fin, ¡qué cosas se les ocurrían a nuestros abuelos!, menos mal que no ganaron la guerra, que sino, ¡dónde estaríamos! Como en Venezuela, seguro.

Pero no hay de qué preocuparse, ya que Franco, Suarez y nuestros presidentes nos trajeron la democracia y el bien estar, ¡qué sería de los destinos del pueblo sin los grandes hombres! Si ya lo decían los romanos: a la plebe, pan y circo, que ya gobernamos nosotros.
Así que abrigados por la fraternal protección de nuestros gobernantes, y de la mano del capitalismo, que nos depara siempre un crecimiento mantenido –y sostenible, por cierto-, no nos preocupemos de ellos y dediquémonos a lo que el pueblo debe dedicarse: ¿aún no tienes las entradas para “50 sombras de Grey”? ¡Pero cómo! ¿No sabes que hasta se han disparado las ventas en ropa interior? Yo a ver si me compro también unos calzoncillos más sexys, que con todo este revuelo me acabaran subiendo el precio. 

En fin, ¡voy cambiarme y para el banco corriendo!, y a ver si no me cierran la tienda y el cine. Si eso, ya me paso luego por el McDonald´s y me pillo la cena… ¡y yo pensando en política!



sábado, 6 de diciembre de 2014

UN CAMBIO DE FRENTE, Y UN PERMISO


Erik Blair, escritor e izquierdista británico, vino a combatir al fascismo en España, tras el golpe militar de Franco contra el gobierno republicano. Cruzó el mar, países y montañas, para agarrar un fusil y unirse a las filas obreras españolas. Una vez en Barcelona, se unió a las fuerzas milicianas del POUM, y tras una improvisada y primitiva instrucción, marchó hacia el Frente de Aragón.

Banderas rojas que ondean ufanas contra el viento… Camiones que traquetean sobre las estrechas carreteras de la sierra: orgullosas aquellas; lentos los otros…

Y Erik llega a su destino. La Sierra de Alcubierre, nuestras áridas tierras de rastrojos y parideras, es donde pasará cerca de dos largos meses invierno… eternas guardias abrazado a un viejo fusil, salidas nocturnas a tierra de nadie, balas perdidas y monótona rutina… y frío; mucho frío. Sólo los que han vivido en una trinchera, saben lo que es el frío.


Manuel Gutierrez, en 1936, era un joven obrero de Barcelona afiliado a la CNT. Cuando el 19 de julio los anarquistas sofocan la sublevación en la ciudad condal, luchando codo con codo junto a la Guardia Civil, también Manuel saldría a las Ramblas con sus compañeros, celebrando el triunfo del pueblo. Pero mientras tanto, en Aragón, como en otras zonas del país, aquellas horas cruciales para nuestro siglo no se resolvieron de manera semejante y, en pos de la revolución, marcharon las fuerzas libertarias hacia el oeste. No bastaba con marchar con banderas por las calles; había que marchar al frente, y allí se fueron las banderas… y muchos jóvenes tras ellas; Manuel fue uno de ellos.

De miliciano, en Tardienta da Manuel con su boina rojinegra y su fusil. Lucha en la ermita y en el canal, en la trinchera y en las lomas, contra el frío y contra el hambre, contra los fascistas y contra sigo mismo. Al final, tras tanto batallar, le conceden un permiso, y vuelve unos días a su ciudad, Barcelona, con su familia…

Erik es inglés, y Manuel español; el primero lucha en las líneas del POUM, y este en las anarquistas… muy poco más les une a ambos: el día 13 de febrero de 1937, después de comer, la compañía de Manuel Gutierrez emprendió la marcha hacia Robres en perfecta formación. Hacía tres días que había terminado su permiso y volvía al frente. Y también a mediados de aquel frío mes de febrero se movilizaron los efectivos del POUM, pero en dirección opuesta: Erik abandonó Monte Trazo e inició una marcha de 80 km en camión hacia otra de las posiciones que cercaban Huesca.

Y entonces sucede: el destino, en su invariable marcha, une ambos hilos. 

En efecto, el sufrido Manuel y sus compañeros llegan a Robres, y escribirá luego el miliciano en su diario, con los últimos resplandores del sol: “a la entrada de Robres, muy cansados, nos sentamos en el suelo a descansar. Mientras descansamos, pasan en camión fuerzas del POUM”.

Quizá, y pese al cansancio, sentado en un camión, reparó Manuel en uno de aquellos hombres, más alto que el resto, balanceándose de un lado al otro al compás del vehículo. Era Erik… ¿vio él a Manuel?  Casi seguro. Y aunque tan sólo fuese un instante fugaz entre el parpadeo de una mirada y la deriva de la otra, aquel momento de conexión fue, no obstante, más profunda y total que la de dos personas que viven en el mismo rellano durante décadas, o que la de dos compañeros de trabajo tras años compartiendo la misma oficina y la misma mesa. Estoy seguro de ello, porque aquel vinculo no lo motivó ni el trabajo, ni la necesidad, ni la conveniencia, ni ninguna otra causa cotidiana: fueron sus respectivas ideas las que se encontraron, fue la misma fuerza de un ideal el que llevó al inglés y al español, al socialista y al anarquista, a cruzar sus caminos aquel día, en aquel lugar. Y aquella misma idea fue la lucha por la libertad.

Manuel volvió al frente y participó en la gran ofensiva de Huesca, en el transcurso de la cual halló la muerte algún día de septiembre de aquel mismo año de 1937, siete meses después de cruzarse con Erik. Antes, coincidió con mi abuelo en la Sección de Transmisiones y juntos compartieron penurias y alegrías… pero eso ya es otra historia. Hoy, solo sabemos de Manuel que luchó en el 493 Batallón de la 124 Brigada Mixta, y que inició un diario que no pudo culminar.

Erik Blair, más conocido como George Orwell, volvió a su tierra e inmortalizó sus experiencia en “Homenaje a Cataluña”, un relato desgarrador que, en gran medida, inspiraría su posterior y más insigne obra, “1984”. Hoy, años después de su muerte, es una figura clave de la literatura por su reflexión crítica y hasta profética a cerca del totalitarismo y el poder.

Cuando, estos días en los que despierta nuevamente el duro invierno, paso otra vez esas hojas en las que el autor nos transporta a la guerra de nuestros padres; me emociono por lo que muchos de ellos sufrieron, por lo mucho que creyeron… por lo mucho que todos perdimos… ¿Qué no tendríamos si hubiese caído Orwell?... Y… si Manuel hubiese salvado la vida… ¿Qué tendríamos?



Escrito por: Eloy Morera

martes, 25 de noviembre de 2014

EL SUEÑO DE LA RAZÓN CREA MONSTRUOS; EL HUMO LOS DISFRAZA


Al alba del 7 de diciembre de 1941, el cielo amaneció brillante sobre Pearl Harbor. Pocas horas después, densas fumarolas lo oscurecieron por completo, y también el mar, el sol, y hasta las palmeras quedaron anegadas por ellas.

Los que se habían acostado entre ilusiones de futuro y melodías hawaianas, se levantaron con el estruendo de torpedos y explosiones. El humo empezó a elevarse, negro y espeso como la sombra de un gigante. Yamamoto, comandante de la flota japonesa, dice en esas magníficas películas de guerra tras el ataque japonés a la Flota del Pacífico: “Me temo que lo único que hemos hecho es despertar a un gigante dormido”. El gigante era la guerra, y despertó en Pearl Harbor. Su sombra se empezaba a proyectar de manera portentosa sobre el cielo, negra… muy negra.

¡Cuántas ideas e ilusiones, cuantos amores, amistades e inquietudes… cuántas vidas se esfumaron entre aquellas columnas de humo! Toda la alegría que iluminaba los cielos y playas de Hawai, se transformó en el terror y la amargura que ennegreció los mismos cielos y las mismas aguas… todas las emociones ardían y se consumían… se hacían humo. ¡No nos engañemos! En Pearl Harbor no se hundieron barcos, no seamos tan materialistas… los barcos no son nada, ¡hierro, cables, chatarra… dinero! No, en Pearl naufragó la esperanza de millones de personas que creían en la paz, por que en aquellos años en que aún vivía en la memoria el drama de la Gran Guerra, la gente confiaba en la paz para siempre… ¡no habían muerto en vano todos aquellos valientes en las trincheras de Francia, sus padres y amigos, hacía solo veinte años!…

 El 7 de diciembre de 1941 aquella esperanza se perdió, se volatizó, se hizo humo… un humo tan negro que ni los pilotos japoneses podían ya acertar a distinguir sus objetivos desde los rápidos Zero. Eso fue Paerl Harbor, el fin de la utopía. La razón había estado dormida… las bombas podían haberla despertado para alertar del peligro, pero el humo la cegó. Porque mientras existan imperios, existirá una guerra, y siempre volverá la guerra. Los que no volverán son los casi 2000 marineros que permanecen en el interior del USS Arizona. Volvieron a reflotar casi todos los barcos, pero aquellos valientes que marcharon a Europa y murieron en las playas de Normandía, esos no volverán a levantarse.

Muchos, recuerdan aquel 7 de diciembre como una fecha infame, pero lo realmente infame fueron aquellos anuncios patrioteros que, cebándose en la desesperanza que ocasionó el ataque, alentaron a un pueblo a luchar. Lo realmente infame es que, mientras un puñado de capitalistas y militares creaban guerras para aumentar su poder, echasen mano de los románticos para que las hicieran por ellos… para eso nos quieren, en eso nos emplean, así morimos.

¡Ah, no!, espera, es verdad: que los japoneses, de acuerdo a su expansión imperialista, atacaron al corazón de Estados Unidos, y había que defender la democracia y la libertad, es verdad… perdón, es que olvidaba que, dentro del proceso de expansión imperialista de los EEUU, Hawai había pasado a formar parte del territorio nacional en 1898, ¡qué despiste memorístico!


Escrito por: Eloy Morera


lunes, 27 de enero de 2014

CONSEGUIR EL MÁXIMO HACIENDO LO MÍNIMO


Thomas Cleary nos dice en la introducción a las obras de Sun Tzu, que la mejor forma de victoria es la que se consigue sin batalla. Como es el caso de la construcción de una fortaleza inexpugnable que desanima al posible contrincante.
Así “El arte de la guerra”, podría ser una forma de desarrollar la Paz tan deseable y buscada por todos… La disuasión por muestra y apariencia de la fuerza… que fácilmente entendemos, cuando lo deseamos así, como una amenaza ofensiva… ¿una escalada armamentística?... ¿un prepararse para asustar?... ¿un demostrar que se está asustado?...
Supongo que cada uno que lea esta pequeña reflexión tendrá un punto de vista diferente y discutible… y está en su derecho…
Este jueves último de enero, nos dedicaremos a poner en juicio este libro y su filosofía, estos ¿sofismas? de mas de dos milenios para orientar al guerrero… para preparar al débil… para formar al novato…. en la guerra… ¿en la vida?
Hoy, estas artes se emplean en todo el ámbito cultural que tan belicoso y competitivo se nos ha hecho… en publicidad, en mercadotecnia, en deporte, en economía, en política interna y externa de los partidos y de los países… y hasta en algunas religiones que se pervierten en formas seductoras mas para ganar adeptos que “consuman” sus dogmas que en procurar salvar a los “pobres perdidos” sin parcela de paraíso…

Menos mal que en la verdadera guerra parece que las cosas se toman tan en serio con las bombas atómicas que no leen estos atrasados librejos orientales…


Escrito por Javier  Morera  Betés


lunes, 22 de agosto de 2011

Sitiados...

En Zaragoza a 5 de Agosto de 1808, los ciudadanos, en un alarde de valor improvisado, libran, frente a sus casas, las luchas más sangrientas del primer sitio Francés. 




La heroica gesta afectó a la ciudad en su totalidad, fue “un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa” (Carta a Napoleón del Mariscal Lannes). Es por ello que Eloy y Salva , encargados de esta visita, se han visto obligados a seleccionar algunos de los puntos memorables de la famosa contienda que enfrentó al mejor ejército de Europa, contra un puñado de paisanos.

Las anécdotas, conocimientos, entusiasmo y la pasión que se palpaba en el ambiente, hicieron de este itinerario, una tarde jalonada de historia, arte, memorias y honor.



Vivimos los duros momentos del primer sitio de Zaragoza a través del monumento a las heroínas, la estatua de Palafox (basada en el retrato de Goya) y la Puerta del Carmen, la única que todavía yergue en pie. Es aquí donde la historia choca con la actualidad dando pie a reflexiones y homenajes.

Pero los franceses, tras su cobarde huida (14 de Agosto de 1808), regresan con nuevas fuerzas más dotadas. Y nosotros marchamos a hacerles frente a las huertas de Santa Engracia (actual Plaza de los Sitios), donde un ya tormentoso cielo, telón del monumento que homenajea la valentía con la que lucharon los zaragozanos, comienza a sollozar aquellas muertes. Seguidamente, al grito de “a las puertas” nos encaminamos hacia la Plaza de San Agustín a través del antiguo perímetro de la ciudad, donde una pequeña escaramuza nos detiene en el antiguo seminario de San Carlos.




Cae la noche en las sinuosas calles de Zaragoza y siguiendo el trazado de la muralla, nos dirigimos al extramuro del Arrabal donde reponemos fuerzas y cenamos.

Finaliza la visita en lo alto del puente de piedra, donde una cruz recuerda las traiciones francesas tras la capitulación de la ciudad y allí mismo, con la catedral del Pilar recortándose en la noche se valoran los sucesos históricos que nos sumieron en tan trágica guerra… ¿Fue necesario?

Fue.




“porque tan sólo los pueblos orgullosos de su historia, los que recuerdan sus orígenes, apreciarán la vida de sus tierras como la suya propia, cuidándolas, alimentándolas y haciéndolas fuertes, defendiéndolas ante cualquier peligro.”

 (El grito de una Nación – Eloy Morera y Salvador Roca)

Los supervivientes de ambos sitios aún se detienen frente a la estatua del Tío Jorge (sita en el parque del mismo nombre) donde le rinden homenaje. Así culmina la visita, un paseo que, como las hazañas de los sitios, volverá para estas fechas.



Escrito por: Salva y Eloy