Pasada la mitad del siglo XX, en Europa y
concretamente en España, frente al riguroso objetivismo que se imponía en las
formaciones universitarias e incluso esa absurda “fe” en la ciencia que llevaba
cualquier “crónica” “documental”, “ensayo” o “discurso”… fueron creciendo unos
curiosos y animados “galanteos” del público y los artistas (imposible para
académicos y técnicos) hacia filosofías o modos de entender la vida no tan asépticos
y objetivos. Así, los cantantes de moda viajaban a la India… los mas lanzados
se abandonaban a “viajes” con sustancias psicodélicas… se practicaba el yoga,
la meditación… formas que parecían lo antagónico y contrario a lo que los
tiempos “modernos” nos ofrecían… Descendía el número de seguidores de las religiones
clásicas pero aumentaban los adeptos de sectas y ritos paranormales y
estrambóticos… supersticiones, intuiciones, corazonadas, presentimientos… Un
mundo con distintas caras en vertientes muy distantes…
Ahí aparecen esos éxitos de público y admiración
como son: La Guerra de las Galaxias… El señor de los Anillos… Las obras de
“ciencia ficción” del espacio o del mar, de viajes en el tiempo o de terror de
muertos vivientes…
En esas capas de casi verdad, de posible rozando lo
imposible… nos encontramos con ese librito archí famoso y leído que es titula “El Tercer Ojo” de Tuesday Lobsang Rampa
No me toca a mi descubrir sus posibles falacias y fantasías…
es un libro y tiene unos valores de narración bien definidos… como toda la dura
educación de ese futuro lama del Tibet… que comienza con sus años infantiles,
siendo tratado con una norma severa y austera, sobria y espartana para
socializar a ese ser que deberá llegar a “ver” y “viajar” por dimensiones y
espacios que los normales no podemos….
Siempre se ha sabido que la educación de
monasterios, seminarios, academias militares… es muy dura… y tiende a cosechas
personas muy fuertes y autárquicas… pero a costes psicológicos, sociales,
afectivos muy poco atractivos…
Os pongo una cita del final del capítulo tercero, cuando debe partir para su monasterio… ¡Releer el libro!… seguro que lo tenéis por la biblioteca… y no os preocupéis tanto de la fantasía… es un libro, no una biografía.
Mientras me tomaba este sobrio desayuno, Tzu entró en mi cuarto y me dijo:
—Bueno, muchacho; nuestros caminos van a separarse. Estoy muy contento porque por fin podré dedicarme a mis caballos. Espero que te las arreglaras bien. Recuerda todo lo que te he enseñado.
Y, sin más, dio la vuelta y salió de la habitación.
Aunque entonces no podía yo comprenderlo, este sistema es el mejor.
Las despedidas emotivas me habrían hecho mucho más difícil salir de casa por primera vez y para siempre, como pensaba yo por entonces. Si mamá hubiera salido para despedirme es indudable que habría yo hecho todo lo posible para convencerla para que no me dejara partir de casa. Muchos niños tibetanos llevan vidas muy tranquilas y agradables, mientras que la mía era de lo más dura; y más adelante pude enterarme de que la falta de despedidas la había ordenado mi padre para hacerme inculcar desde muy pequeño la disciplina, el sacrificio y la firmeza.
Terminé el desayuno, me guardé la escudilla de tsampa y la taza en la parte delantera superior de mi túnica e hice un paquete con una túnica de repuesto y un par de botas de fieltro. Cuando salí de mi habitación me esperaba un criado encargado de advertirme que no debía hacer ruido para no despertar a la gente de la casa. Recorrí el pasillo. Me abrieron la puerta. El falso amanecer había sido sustituido por la oscuridad que precede a la verdadera alba. Ya estaba en la calle. De este modo salí de mi casa, solo, asustado, con el corazón oprimido.
Escrito
por: Javier Morera








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