miércoles, 4 de marzo de 2026

UN VÍCTOR HUGO MUY JOVEN Y ROMÁNTICO

 


Todos conocemos a ese gran escritor, poeta, dramaturgo y hasta político, admirado por sus lectores y querido por su pueblo que fue el gran Víctor Hugo (1802-1885). Todos hemos leído Los Miserables, o incluso El 93… pero es más difícil que hayamos dedicado nuestra atención a libros de este autor que por ser de juventud, suelen tener menor difusión y muy poca permanencia en bibliotecas o ediciones… Tal es el caso de una novela publicada por este escritor cuando solo contaba con 24 años (1826) y que tiene el difícil titulo de: Bug-Jargal.

Con este nombre de un rey o jefe tribal de pueblos del Congo, nos lleva Hugo a las sangrientas y crueles revoluciones y revueltas que los esclavos extraídos de África y llevados a tierras americanas, de Santo Domingo, Jamaica… mantienen contra sus opresores, sean franceses, españoles…

Nos encontramos con un literato joven, impulsivo, romántico, simpatizante con los esclavos y sus mil padecimientos… pero también descriptor de esas ignorancias y analfabetismos donde la gran población se encontraba atascada y sufriente de los mil prejuicios, supersticiones, fanatismos y miedos, que aun les hacían más pobres y desgraciados de lo que ya eran, en esas épocas donde la “civilización” vivía gracias a la explotación de otras culturas y etnias menos afortunadas.

Hay amor en esta obra, como no, aunque relegado a esos ímpetus de honor y revolución… hay guerra y muerte… hay valentía y vileza… hay heroísmo y caballerosidad, al menos entre los héroes y sus pueblos y amadas… Hay también descripciones de esa naturaleza que tanto impresiona a los románticos… y grandes arrebatos de esas fuerzas que nos superan… la naturaleza o sus grandes destrucciones… en el capitulo XXI, al final… un bosque es incendiado… y con Hugo, cuando lo vas leyendo, parece que ya notas el calor, los susurros de las llamas, el olor, la angustia… ¡Precioso!

“A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aún antes de verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo: todo arde a la vez y se consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.”

 


Escrito por: Javier Morera