Todos conocemos a ese gran escritor, poeta,
dramaturgo y hasta político, admirado por sus lectores y querido por su pueblo
que fue el gran Víctor Hugo
(1802-1885). Todos hemos leído Los Miserables, o incluso El 93… pero es más
difícil que hayamos dedicado nuestra atención a libros de este autor que por
ser de juventud, suelen tener menor difusión y muy poca permanencia en
bibliotecas o ediciones… Tal es el caso de una novela publicada por este
escritor cuando solo contaba con 24 años (1826) y que tiene el difícil titulo
de: Bug-Jargal.
Con este nombre de un rey o jefe tribal de pueblos
del Congo, nos lleva Hugo a las sangrientas y crueles revoluciones y revueltas
que los esclavos extraídos de África y llevados a tierras americanas, de Santo
Domingo, Jamaica… mantienen contra sus opresores, sean franceses, españoles…
Nos encontramos con un literato joven, impulsivo, romántico,
simpatizante con los esclavos y sus mil padecimientos… pero también descriptor
de esas ignorancias y analfabetismos donde la gran población se encontraba atascada
y sufriente de los mil prejuicios, supersticiones, fanatismos y miedos, que aun
les hacían más pobres y desgraciados de lo que ya eran, en esas épocas donde la
“civilización” vivía gracias a la explotación de otras culturas y etnias menos
afortunadas.
Hay amor en esta obra, como no, aunque relegado a
esos ímpetus de honor y revolución… hay guerra y muerte… hay valentía y vileza…
hay heroísmo y caballerosidad, al menos entre los héroes y sus pueblos y
amadas… Hay también descripciones de esa naturaleza que tanto impresiona a los
románticos… y grandes arrebatos de esas fuerzas que nos superan… la naturaleza
o sus grandes destrucciones… en el capitulo XXI, al final… un bosque es
incendiado… y con Hugo, cuando lo vas leyendo, parece que ya notas el calor,
los susurros de las llamas, el olor, la angustia… ¡Precioso!
“A veces nos atajaba el paso el fuego
que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas
regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema
de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aún antes de
verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos
de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen
dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las
llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor,
que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se
mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas
copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del
fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende
en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo
del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo: todo arde a la vez y se
consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus
del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los
pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya
vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en
los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja
desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas
pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.”
Escrito
por: Javier Morera

